alegrarte los viernes, y joderte los viernes. Salir un sábado y estar pobre el domingo, gritarle a las personas que quieres y saber pedirles perdón, tener las cosas claras y decidirte en el último momento. Jugar con fuego y quemarte, no una ni dos veces, sino demasiadas. Hacer estupideces y que te importe una mierda si los demás piensan si estas loca o no. Ponerte guapa, como una princesa para el amor de tu vida, y después pasar de él... o en más ocasiones él de ti. Abrazarte a quién te abrace, y a quién no quiera, pues no te abrazas y punto. Porque sentir dolor es inevitable, pero sufrir es opcional.
Todavía me acuerdo de ese verano. Mi soledad y tu soledad se acostaban juntas jugaban a juntar trozos, maderas del galeón hundido. Nos besábamos con verdadero dolor como quien se aferra a una tabla en medio del océano con la piel en el presente y la cabeza en el pasado, recordando fechas, olvidando promesas y nos sumergíamos en la noche de las piernas sorteando el miedo como en una carrera de obstáculos contra los monstruos del desaliento, queriendo volver a ser los príncipes de un castillo incendiado.
Comentarios
Publicar un comentario